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lunes, 22 de agosto de 2005

Publicado por Seina @ 9:38


El roce deshace el cariño .- El verano es el mejor termómetro para medir la salud de una familia .- Importancia que tiene a esas edades la autonomía y la posibilidad de emplear el tiempo de ocio en relacionarse con el grupo de iguales
MALAGA, 22/8/05 diariosur.es
¿QUIÉN dijo que las vacaciones están hechas para descansar? Se pierde un jefe, sí, pero se gana un hijo. O más de uno, en el peor de los casos. Porque, para muchos, romper con la rutina, más que una liberación, puede ser un suplicio. Ya no hay excusas que valgan. Ni hay clases, ni compromisos laborales. Nada impide pasar el día juntos. Habituados a no verse el pelo durante todo un año, padres e hijos deben aprender a convivir con no pocas dosis de esfuerzo. De hecho, el verano es el mejor termómetro para medir la salud de una familia. No hay que olvidar que el aumento del tiempo libre en estos meses es directamente proporcional al incremento de los conflictos familiares. Es más, la tasa de divorcios crece tras el verano.

Como recuerda la psicóloga María Pilar Rodríguez, durante el invierno (o la época de trabajo), cada miembro de la familia tiene el tiempo ocupado en sus quehaceres, mantiene un ritmo de actividades diarias constante, con lo cual el tiempo que pasan con el resto es relativamente pequeño. «En cambio, en vacaciones, al ampliarse el número de situaciones en las que interactúan, aumenta la probabilidad de que ocurran intercambios negativos, como ocurre los fines de semana», precisa. Y es que tanto tiempo libre da para mucho. ¿La solución? Encontrar actividades afines a todos. Ya lo dice la psicóloga María José Zoilo, «es mucho más fácil llevar la rutina que las vacaciones». No hay duda, vivir 'sin guión' cuesta. Por eso, la especialista aconseja establecer una planificación para hallar puntos en común que ayuden a mejorar relaciones que están en la cuerda floja o simplemente a fortalecer las ya consolidadas.

Porque, como suele decirse, cada hogar es un mundo. Según explica María Pilar Rodríguez, hay familias denominadas 'ajustadas', que mantienen una buena comunicación, y que son capaces de adaptar sus necesidades como individuos, como parejas y como familia a través de una negociación en la que todos perciben 'reciprocidad' en sus acciones respecto del otro, es decir, igualdad entre lo que aportan a la familia y lo que reciben de ella. «Estas familias no van a presentar mayores problemas en vacaciones, mientras que las que ya mantienen un desajuste el resto del año van a experimentar que sus problemas, que permanecen latentes, se disparan», agrega.

Y es que resulta paradójico, pero más comunicación y más tiempo juntos no equivale a estrechar lazos precisamente, pese a que, según los especialistas, el verano es la época propicia para el acercamiento. Cualquier granito de arena puede convertirse en una montaña, desde elegir restaurante para cenar hasta la eterna lucha por el mando de la 'tele'. Aunque todo depende de la edad de los hijos y de la relación que exista habitualmente en casa.

Jugar, ante todo

En el caso de los más pequeños, la diversión será su prioridad. Jugar a todas horas, ver la televisión, ir a la playa, o simplemente salir a comer una hamburguesa o un helado mantendrá un buen rato su sonrisa. La cosa cambia cuando hay que ir a hacer la compra o la casa necesita una mano de limpieza. Entonces, la chispa salta. Caras largas y enfados. «Los niños se cansan pronto, por eso hay que buscar puntos de encuentro. Llegar a acuerdos es fundamental», aconseja María José Zoilo.

La clave está, por tanto, en saber negociar. Y, como destaca Zoilo, en el arte de la convicción. «Podemos dejar en casa a nuestros hijos o convencerlos para que vengan con nosotros. Si utilizamos buenas palabras y un tono adecuado, quizás no vayan a regañadientes y hasta se lo pasen bien», advierte la experta, para quien lo prohibido sería imponer. «Curiosamente, muchas veces las discusiones se producen porque el otro se divierta. Los padres se empeñan en llevar a sus hijos a un parque de atracciones, al cine o a Eurodisney, cuando a lo mejor el chico no quiere ir», recuerda.

Sin duda, la comunicación es la base. «Escuchar las necesidades del otro y expresar los sentimientos (tanto positivos como negativos) facilita el intercambio de afecto, estableciendo un sentido de responsabilidad y compartiendo actividades recreativas agradables en las que todos perciben beneficio», recomienda María Pilar Rodríguez. Eso sería lo ideal. Sin embargo, lo normal es lo contrario. Sobre todo, si los hijos están en edad problemática.

Edades problemáticas

«El mundo de los adolescentes está centrado en su grupo de amigos y con ellos encuentran satisfechas todas sus necesidades de comunicación. Para ellos, sus padres son personas que ponen límites a sus vidas. Surge, así, en esta etapa un distanciamiento», observa la psicóloga escolar Trinidad Aparicio, que, más optimista, ve en el verano la época ideal para limar asperezas y reducir ese distanciamiento. «Tanto hijos como padres disponen de tiempo libre, no están sujetos a horarios ni tienen obligaciones fuera de casa», sostiene.

Eso sí, todo se complica cuando hay un viaje de por medio. «Los adolescentes sufren continuos cambios de humor, son discutidores o excesivamente callados, no desean divertirse con los padres y echan de menos a sus amigos», considera Trinidad Aparicio.

Todo es cuestión de tacto. Por eso, los especialistas recomiendan hacer lo más atractivo posible el plan para lograr que el chico se ilusione. Como propone Aparicio, los padres deberían procurar que el viaje conste de una parte que interese al hijo, como la visita a un parque temático o a un campo de fútbol, o bien excursiones en bicicleta o a caballo. No debe faltar en el equipaje una buena dosis de paciencia para saber ceder a tiempo.

Pero puede ocurrir que la capacidad de convicción paterna no surta efecto. En este caso, los expertos aconsejan no forzar la situación. «Llevar a los hijos a regañadientes no conduce a nada, sólo a empeorar la relación», argumenta Zoilo. Al fin y al cabo, los adolescentes necesitan su parcela de independencia. «Hay que ser conscientes de la importancia que tiene a esas edades la autonomía y la posibilidad de emplear el tiempo de ocio en relacionarse con el grupo de iguales», aclara María Pilar Rodríguez.



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