Educate Street

 Los chicos del Portal C  11-15 a.

    

lunes, 22 de agosto de 2005

Publicado por Seina @ 9:40


Una vez resueltas -eso espero- las «pequeñas» diferencias que surgen en las parejas en verano por culpa del exceso de convivencia -de las que hablábamos la semana pasada-, hoy le toca el turno a los hijos. Ya saben, estrechas, muy estrechas, son las relaciones familiares en pleno verano y los hijos -qué monada, ¿verdad?- pueden ser una fuente inagotable de conflictos. Para evitar, en la medida de lo posible, que su casa se convierta en un campo de batalla, hay que tomarse las cosas con mucha, mucha calma. Y pedirle al Santo Job que nos inunde de paciencia.
14/8/05 abc.es
Máster en autocontrol
«Mamá, no te rayes» «¿Perdona?», dice la madre, mientras no da crédito a lo que acaba de oir. «Sí, que no te rayes, que te relajes», contesta el angelito. «!!!¿Que me qué?!!!!» «Que te bajes de la parra, que estás un poquito subida de tono». Y en ese momento, mientras una voz en «off» te dice que no, que no es posible que ese sea tu hijo, tus instintos maternales mueren fulminados. Realmente, quieres «estrellar» a tu propio descendiente. En el mejor sentido de la palabra, claro.

Exagerada o no, esta escena puede repetirse, una vez y otra también, a lo largo del verano. ¿Los motivos? Múltiples. Desde el eterno problema de los horarios, hasta el saqueo permanente de dinero, pasando por la tan típica, y enervante, frase de «me aburro» (y resulta que el «angelito» ha estado en la playa, ha jugado al tenis, ha montado en bicicleta, va a ir al cine por la noche, etcétera), el reguero permanente de arena por la casa o las innumerables contestaciones que te dan, con esa forma de hablar tan «peculiar» que tienen ahora. Visto lo visto no hay imagen más amenazadora que la de nuestros niños en plenas vacaciones. Pero no hay que sacar las cosas de quicio. Lo primero que hay que hacer es procurar ponerse en la piel de los más pequeños y entender que desde que se levantan hasta que se acuestan deben aprender a vivir. Tengan la edad que tengan, no paran de recibir órdenes («sal de la cama, recoge el desayuno, no dejes las zapatillas tiradas, tienes que volver a las 10, no contestes...»), lo cual, francamente, tiene que ser pesadísimo. Lo segundo, pensar que este verano seguro que es un verano único. El tiempo vuela, aunque sea un topicazo, los hijos crecen, y llegará un momento en que ya no quieran estar con nosotros. Y, lo tercero, procurar que, aunque «único», este verano no se convierta en catastrófico. Y para ello, empezar a realizar algún que otro ejercicio de autocontrol. No sé si me entienden.

Discusión: atracción fatal

Ante la evidencia hay que coger el toro por los cuernos. Una vez asumidas las bases y reafirmada nuestra convicción de que vamos a poder con todo -desde luego no hay nada como tener la autoestima por las nubes- hay que marcar las pautas. Queramos o no los horarios desaparecen, cambia la rutina, se hace más ejercicio (lo que agota a los niños) y la convivencia es mucho más estrecha. Vamos, que basta con no estar de acuerdo en alguna tontería para que salten chispas. «Pero ante todo, no hay que dramatizar», indica el psiquiatra Celso Arango, Jefe de Sección de la Unidad de Adolescentes del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid. «Es normal discutir, máxime en esta época en la que pasas más tiempo con tu familia y, por lo tanto, tienes más posibilidades de chocar con ellos. Pero no hay que darle más importancia de la que tiene. La vida está constituida de muchas cosas, y una de ellas es la discusión. Y uno discute con quien está; con quien no está, no se puede discutir». Buen comienzo.

Bien, pues una vez aceptadas las discusiones como parte de la condición humana y de nuestra relación social (qué tranquilidad, la verdad) lo que hay que hacer es encontrar su lado positivo. «Los desencuentros pueden ser muy positivos para la educación de los niños. En vacaciones tienes más tiempo para explicarles, si te has enfadado y le has castigado, por qué lo has hecho. Lo ideal es hacerles entender -cuando ya se les haya pasado el berrinche- tu reacción. Y nunca ser autoritario ni tajante. Nada de «porque sí o porque no». Con eso no llegamos a ninguna parte. Ya. El problema surgue cuando has intentado explicarle al niño doscientas mil veces la misma cosa. Vamos a poner un claro ejemplo. Primer día de playa: «Álvaro, «mi amor», te pido por favor que cuando vuelvas de la playa te quites la arena antes de entrar en casa. Así no tendremos que limpiarla». Segundo, tercero, cuarto día: «Álvaro, no me hagas repetirte que te quites la arena al llegar a casa porque la vamos a tener» (cierta tensión en el ambiente). Al quinto día: «!!¿Pero tú no oyes niño?!!!! Vete directamente a tu cuarto y que sepas que no vas a salir de casa en todo el verano!!». La hemos liado. Además de entrar en un incontrolable ataque de nervios acabamos de hacer justo lo que no hay que hacer: poner un castigo imposible de cumplir. «Efectivamente -continúa el doctor Arango-. Castigos, los que haga falta, pero siempre que se vayan a cumplir. Si no hay posibilidades de llevarlos a cabo, no lo diga, trágueselo y apechugue con lo que tenga. Si no lo cumple, al final estará tirando piedras contra su propio tejado porque, ¿cuál va a ser su credibilidad entonces frente a su hijo?» Ninguna, desde luego. Y no sólo eso. Lo peor es la cara de «lerda» que se te pone cuando intentas explicarle a tu hijo por qué has decidido levantarle el castigo. Sin comentarios.

Kramer contra Kramer


Razonar, controlarse, enfriarse antes de actuar. Está claro: en época de crisis no hay que tomar decisiones. Pero, ¿qué pasa cuando las tomas convencida de que has hecho lo correcto y entonces, como por arte de magia, aparece tu marido y le dice a tu hijo exactamente lo contrario de lo que tú le acabas de decir? ¿Qué haces? ¿Le saltas a la yugular? Es una broma, claro. «Esta actitud -tanto del padre como de la madre- es absolutamente ineficiente. Mucho más de lo que uno puede llegar a sospechar. La cantidad de tiempo que vamos a invertir en tomar la decisión, discutir, echarse para atrás, no merece la pena -continúa Celso Arango-. Hablar las cosas de antemano, treinta segundos, una mirada cómplice, pueden evitar tantísimos contratiempos... Todas las pautas educativas tienen que hacerse de mutuo acuerdo y ajenas a la presencia del niño. Una vez tomada la decisión, hay que explicarla. Y si su hijo es un adolescente, escúchele a él también». Nada como una mayoría consensuada, desde luego.

Reloj, no marques las horas

Y ya que hablamos de adolescentes -bendita edad, ¿verdad?- tocamos uno de los temas calentitos del verano: los horarios. «Papá déjame media hora más tarde, por favor». «Soy el único que llega a casa tan pronto». «A todos mis amigos, menos a mí, les dejan hasta las tantas». Lo de siempre, lo que hemos dicho todos a su edad, sigue siendo utilizado de estrategia por los jóvenes para estirar, como sea, las salidas con sus amigos. ¿Lo ideal? Intentar conectar con los otros padres para ver si es verdad lo que dicen y ponerse de acuerdo entre todos. «Pero hay que tener cuidado porque, si usted llama a los otros padres, sin contar con sus hijos, probablemente provoque una pelea. A estas edades no les gusta que «se metan en su vida» y «les dejen en ridículo delante de su amigos»», indica Celso Arango. «Lo que yo haría es hacer que ellos tomaran la decisión. Como usted no se cree que son los «únicos» que tienen que volver pronto a casa hay que verificarlo. Que sean ellos los que decidan si hay que llamar; si no quieren, seguirán llegando a casa a la hora de siempre. Al final será su hijo el que les pida que llamen. Eso sí, si es verdad lo que les decía, tendrá que considerar que a lo mejor está siendo demasiado estricto». Y el resto del día horario flexible, pero horario. Nada de que su casa se convierta en un hotel. Y lo digo con conocimiento de causa. Ni se me va la «pinza» ni estoy «flipada». ¿O sí?. Quizás sí. A estas alturas del verano una ya no «carbura».
ImagenPamela Anderson muestra una cara menos amable que la habitual en su papel de madre
    Estrechas, muy estrechas, son las relaciones familiares en pleno verano y los hijos pueden ser una fuente inagotable de conflictos.

    Para evitar, en la medida de lo posible, que su casa se convierta en un campo de batalla, hay que tomarse las cosas con mucha calma. Y pedirle al Santo Job que nos inunde de aciencia

    Una escena que se repite es el eterno problema de los horarios o el reguero permanente de arena

    «La vida está constituida de muchas cosas, y una de ellas es la discusión, pero no hay que dramatizar»

    El tiempo vuela, los hijos crecen y llegará un momento en que no quieran estar con nosotros

    «Castigos, los que haga falta, pero siempre que se vayan a cumplir. Si no, no lo diga»



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