martes, 11 de julio de 2006
Cataluña 9 Jul ¿QUÉ HAGO CON MIS HIJOS?
Eso es lo que se preguntan mis amigos y familiares padres-trabajadores-con-hijos-en-el-cole, una raza extendida por media Barcelona que desde el lunes pasado se enfrenta, como cada año, a una de las disyuntivas más complejas, caras y repetitivas que acompañan la sobremesa familiar a partir de la verbena de San Juan.
Colonias, casals, esplais, deportes, idiomas, música, danza, informática, refuerzo en asignaturas inestables, voluntariado, intercambios con estudiantes extranjeros... Las alternativas son muy variadas, para todos los gustos y para todos los bolsillos.
Pero cada familia es un mundo. Y una economía, porque este punto es tan fundamental como el familiar a la hora de decidir qué hacer con los niños en edad escolar cuando se acaba la escuela y los «yayos» anuncian algo así como una huelga o que se van de crucero por el Mediterráneo. O cuando no se tienen, que también. Porque a pesar de que son muchas las parejas que cuentan con los suegros como salvavidas y canguros de excepción, también hay muchas que no tienen la suerte de esta ayuda privilegiada. El problema también se agrava cuando no existe eso de «el pueblo»: «los envío una semanita al pueblo, con la tía Rebeca», una solución óptima pero cada vez menos recurrente.
Otro antecedente crucial a tener en cuenta es la edad de los críos: si son muy pequeños todo se agrava, tanto como si tienen una discapacidad. Mi amiga Isabel, con una hija de más de 20 años pero con una parálisis cerebral que la ha convertido en un eterno bebé, simplemente tiene que dejar de trabajar cuando la institución que se ocupa de la niña cierra por vacaciones... Ella no puede pagar un cuidador particular, más todavía cuando su hija necesita unas atenciones tan especiales.
Una pareja de separados que conozco, cada uno aportando dos hijos de matrimonios anteriores a la nueva familia, ha dejado de desesperarse a golpe de talonario ante la nueva situación: cuatro adolescentes llenos de granos, inquietudes y preguntas metidos en casa pueden transformarse en una olla a presión. La solución ha estado diseñada con espíritu deportivo, claro que, como decía, pagando: una semana de clases de tenis intensiva, de 8 de la mañana a 6 de la tarde (ya me explicarán cómo se puede soportar un horario como este con una raqueta en la mano) y después tres semanas de colonias... Se empalma justo con el agosto vacacional. Pero lo dicho, a un precio de oro.
Un par de mis sobrinos cuentan con una madre que maneja la agenda electrónica tan bien como su cuatro por cuatro: gracias a esta destreza pasan el día alternando entre clases de lo más diverso (bailes de salón, italiano, pintura y piscina), siempre a un precio que absorbe exactamente el sueldo que ella cobra a final de mes. Nunca mejor dicho: ella trabaja para sus hijos. Al menos en julio.
Lo más patético lo vivo en mi gimnasio, una institución que vive en una eterna decadencia y que cada cierto tiempo apuesta por hacer determinadas obras absurdas -cambiar la sauna por una peor, pintar las duchas oxidadas con pintura de mala calidad, eliminar dos jacuzzi para hacer una quinta sala de gimnasia-, todo para alardear de vitalidad. Como cuenta con una piscina estupenda, no ha encontrado nada mejor que ofrecer tardes acuáticas a mamás desesperadas. Claro que la madre es quien debe hacer de instructor, ya que el niño ha de entrar al recinto acompañado de un adulto.
La iniciativa no ha tenido mucho éxito, como es lógico, y las pocas madres apuntadas a los diez minutos ya no saben qué hacer en la piscina, mientras obstruyen el paso a los que nadan. Los niños se entretienen como pueden, abriendo y cerrando la sauna, tirándose de cabeza al agua, pelándose entre ellos o alucinando con las chicas en «top-less» del solarium.
Nada, que esto de tener niños y no saber qué hacer con ellos en épocas de crisis como la actual es un problema que, como otros muchos, sólo el dinero puede solucionar. abc.es