Seis niños de quinto de primaria se enfrentarán a ocho famosos a ver quién es más burro Daniel Martín 8/09/06El primero de la clase Que España se convierta en el primer país en emitir una octava edición de Gran Hermano quizás sea un homenaje a la época en que el sol no se ponía en nuestro imperio. De vez en cuando, cuando conseguimos aferrarnos a algo, nos gusta volver a ser los primeros. Afortunadamente, en este caso. En Estados Unidos han llegado a montar un concurso-subasta para seleccionar a la futura esposa de un soltero. O han reunido en un reality a un grupo de aspirantes a superhéroe. En este caso, Gran Hermano, la gran revolución televisiva, la fábrica de famosos con los que crear contenidos para otros programas, el nuevo sueño —acorde a los tiempos que respiramos— de la juventud, parece un mal menor.
Porque cuando nos ponemos a importar, copiamos formatos como Top of the class, engendro australiano donde los concursantes son escolares. El invento se llamará en España El primero de la clase, y en él seis niños de quinto de primaria se enfrentarán a seis famosos a ver quién es más burro. O menos, que a todo hay que darle el beneficio de la duda. Así, los protagonistas, que serán seguidos por cámaras e intentarán conquistar a la audiencia, serán chavales de diez u once años. Angelitos, tan jóvenes y ya candidatos a famosos.
El programa, a mi entender, es una monstruosidad. Que los realitys nos hayan invadido es un fenómeno triste, chabacano, empobrecedor. Pero forma parte de una sociedad y un mercado libres. Pero cuando los que serán observados y examinados por millones de personas son menores de edad, las dudas comienzan a surgir, porque el asunto parece más cercano a la explotación infantil que al espectáculo.
Aunque lo peor no es eso. Los padres han creído conveniente “usar” a sus hijos para aparecer en la tele y conseguir fama y dinero, las dos realidades que se esconden detrás del premio final del concurso: una beca durante ocho años. Ya que no pueden decidir qué educación quieren para sus niños, que el sistema educativo está muy controlado en su pésima realidad, parece justo que luchen por alcanzar la popularidad, ese “gran Bien” de nuestro país, de nuestro entorno. Pero que TVE, la cadena que emitirá el programa, contribuya a ello, demuestra una vez más a qué niveles de amoralidad podemos llegar. Este programa lo financiaremos todos los españoles, perderemos dinero con él, colaboraremos, aunque estemos completamente en contra, para que seis infantes se entreguen a la dinámica de la fama, la existencia bajo precio y el dudoso honor de aparecer en la pantalla de millones de hogares españoles.
Eduardo Punset, que con Redes y sus libros ha ayudado tanto a divulgar los nuevos caminos de la ciencia, será, de una manera harto sorprendente, el presentador de El primero de la clase. Es decir, se prestará a que niños sin una voluntad formada participen en un concurso donde venderán su intimidad a cambio de intentar demostrar ante el mundo que son mejores que sus contrincantes. Sus padres, sin duda, también tendrán sus minutos de gloria en antena. La familia, contenta. TVE, previsiblemente, con una audiencia cercana a otras épocas. Y España, adelante en su camino hacia la nada.
No sé hasta qué punto se puede limitar la patria potestad para que los padres no puedan hacer daño a sus hijos. Es evidente que no pueden maltratarles y que sí pueden llevarles de vacaciones a Benidorm o a ver alguna película un tanto atrevida. Pero incitar a unos niños y permitirles concursar en un reality televisivo, ¿no es excesivo? ¿En serio que el aparecer en un programa de televisión es el valor máximo que queremos enseñar a nuestros hijos? Que el programa vaya a cimentarse en la educación de esos niños no oculta la verdad del asunto: los seis serán pronto famosos en todos los rincones de España. Habrán perdido su intimidad, quién sabe si algo más. Y TVE será su canal, su cauce, su vehículo hacia una existencia completamente diferente a la de sus compañeros de generación. Para una vez que se promueve una forma de excelencia, se hace a través de la televisión. No podía ser de otra manera.
Uno de los síntomas que demuestran dónde nos encontramos, personal, social y éticamente, es la relajación existente en torno a todo lo que rodea la infancia. Los Simpsons, una serie para adultos, lleva emitiéndose en horario infantil desde hace siglos, y niños de seis o nueve años la ven sin entenderla, disfrutando de la inmoralidad de Homer, quién sabe si aprendiendo de ella. Hace pocos años, las cadenas firmaron un convenio para eliminar del horario infantil contenidos escabrosos. Pero nada cambió. A tu lado, El diario de Patricia y muchos otros programas infames moralmente se emiten a horas en que los niños están frente a la tele. Por no hablar de los contenidos de la publicidad.
Ahora, para dejarnos de medias verdades o disimulos completos, la tele pública —ese agujero en el presupuesto, ese arma propagandística— va a convertir a seis niños de quinto de primaria en los protagonistas de un reality. Con el beneplácito o la conformidad tácita de la sociedad. Lamentablemente, es difícil que en el siglo XXI vaya a salir alguna vez el sol en nuestro imperio. www.estrelladigital.es Daniel Martín
Problemática educativa en Educación Secundaria Obligatoria -España.
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