Los dos últimos alumnos de Cucayo
Estela y Daniel, de los pueblos de Dobres y Cucayo, son los dos únicos alumnos que acuden todos los días a la Escuela Unitaria que cerrará en breve
Estela sigue atentamente los consejos de su profesora. | G. BAHAMONDE 4 FEB. SANTANDER Estela García y Daniel González son dos niños lebaniegos de 5 y 12 años, respectivamente. Como cualquier niño de Cantabria, ambos van a la escuela cada día, y también, como a cualquier niño, sus madres les preparan un desayuno calentito, les abrigan bien y la jornada empieza para ellos con naturalidad, como ocurre en cualquier colegio de la región. Pero estos dos pequeños vecinos de Dobres y Cucayo (medio centenar de vecinos en invierno entre ambas localidades) albergan en su condición de habitantes de 'pueblecitos' de montaña una cotidiana sencillez que encandila a cualquier visitante que se acerque hasta ellos y les salude. |
A las diez de la mañana, Estela llega a la puerta de su escuela a través de un sendero que en esta época está flanqueado por medio metro de nieve. Al llegar al umbral, grandes troncos de madera, perfectamente apilados rodean la entrada y para cuando Estela llega a clase, su profesora, María Isabel Alonso, que viene desde Aguilar de Campoo, ya ha encendido la lumbre. Sí, en efecto, en una esquina del aula se encuentra la chimenea que hará que tanto ella como Daniel permanezcan calentitos mientras se forman y aprenden. Porque lo van a hacer juntos, la pequeña cursa tercero de Educación Infantil en la misma y única aula en que su compañero lo hace de sexto de Primaria.
La Gran Enciclopedia de Cantabria que, al fondo, preside la estantería de libros, un par de ordenadores en buen uso, las paredes adornadas con grandes letras y números de colores y por supuesto, la enorme pizarra, ayudan a recrear el ambiente de estudio requerido.
Último curso
Dos niños constituyen el total de alumnos a los que María Isabel, como tutora, enseña en la 'Escuela Unitaria de Cucayo', que pertenece al CRA, o Centro Rural Agrupado de Liébana. Este será el último año en que permanecerá abierta porque Daniel, que ya tiene 12 años, empezará el año próximo, primero de la ESO y, como el resto de niños de la comarca, habrá de hacerlo en el Instituto Jesús de Monasterio de Potes. «Tengo ganas de bajar a Potes y jugar e ir a clase con otros niños de mi edad, aunque voy a echar de menos a Estela», explica Daniel mientras la mira con dulzura. Ella por el contrario, siente curiosidad por el entorno, «yo quiero ver cómo es ese otro cole». Pero tanto a ellos como a su 'profe' les da pena que se cierre la escuela. Realmente son los últimos alumnos de Cucayo, un pueblecito que recordó momentos de 22 alumnos en ese mismo recinto, cuando los ritmos y necesidades de la sociedad eran otros.
La imagen resulta enternecedora, sentados en sus pupitres a ambos lados de María Isabel, recuerdan a una pequeña familia en la que el papel de maestra se funde con el de madre y cuidadora y ellos viven una situación de hermandad más que de compañerismo. Los dos pequeños van bien en sus estudios, la labor de su tutora se complementa con la de los profesores itinerantes que forman parte del CRA, como Anabel que sube una vez por semana para impartir Religión y Sonia que los forma en Educación Física. «De la asignatura de Inglés también me encargo yo», explica María Isabel, y continúa: «la vacante que requería Cucayo incluía esta materia también, pero en Espinama, que tienen 9 niños, lo imparte un profesor especializado. Los niños que están en esta situación obtienen clases personalizadas en un entorno de privilegio, y pese a lo que la gente pueda pensar, salen perfectamente formados porque el sistema educativo es igual de riguroso que en centros grandes y posiblemente, aquí se les dedica tanta atención que puede que a Daniel, por ejemplo, le resulte un poco agobiante. Es cierto también que, lo que por un lado resulta una ventaja, puede ir en detrimento de su socialización, pero esto es algo a lo que ambos habrán de enfrentarse en Potes, el curso que viene. Yo me siento afortunada por estar hoy y aquí compartiendo esta experiencia con ellos». El viejo proverbio que reza: 'No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita' se ajusta a la perfección en las personalidades de estos pequeños quienes disfrutan de una vida sencilla, no son caprichosos ni exigentes y agradecen cualquier pequeña cosa que los saque de su rutina.
En realidad, se amoldan a su propio ritmo de trabajo y resulta muy difícil motivarlos porque no existe la posibilidad de competencia.
Apenados por el cierre
Enfrente de la escuela, justo en línea recta, pero con una pendiente muy pronunciada, que hace que uno considere el recorrerla debido a la capa de hielo, se encuentra la Posada de Cucayo y en su interior, una mañana cualquiera, Tina Díez, una de sus propietarias, pone una cervecita a José Andrés Gómez, el cabrero; pasa un paño sobre la barra de gruesa madera y juntos comentan apenados el triste e inminente cierre de su escuela, escenario de tantos y tantos recuerdos que adornan su niñez.
«Recuerdo cuando Inmaculada, la madre de Daniel, uno de estos dos últimos alumnos, correteaba conmigo y con Tina por los alrededores de la escuela. Jugábamos, los chavales, al fútbol en la bolera, media horita después de clase y es que éramos más de veinte, luego había que ir a casa a ayudar en las tareas», comenta José Andrés, a lo que añade Tina: «Es que todos esos ratos de juegos eran tiempo que robábamos a nuestros padres de ayudarles en las labores del campo y entonces en lugar de estar abierta esta escuela, íbamos a la de Dobres. Aquel kilómetro que dista Cucayo de Dobres era una auténtica aventura, te caías, te rompías la cabeza o te empapabas pero todos lo añoramos, porque si nevaba mucho nos quedábamos repartidos por las casas de vecinos y familiares de Dobres para comer y todo sabía a gloria ».
Estos jóvenes lo tenían todo, sus familias y niños de su edad con los que disfrutar al aire libre de un entorno de excepción, en el corazón de las montañas de Cantabria. Un tipo de vida que se extingue y que a día de hoy resulta una rareza que sorprende a cualquier persona sumergida en la vorágine de vida, a la que el sistema le aboca desde su más tierna infancia. EDM
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