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miércoles, 01 de agosto de 2007

Es un deporte de riesgo, insólito cruce de surf y paracaidismo
Las costas de Cádiz son su paraíso. Sus adeptos, atletas jovencísimos, casi niños. Proceden de todo el mundo y atraviesan continentes en busca de las playas y el viento perfectos. Hemos estado con ellos en el campeonato mundial celebrado en Tarifa. Todo un espectáculo.


XLSEMANAL.
Esto no es Malibú. Ni se escucha a los Beach Boys. Es Tarifa, y por megafonía se oye hip hop español.
- «En estas playas azotadas por el levante y el poniente, los chavales hablan de viento como quien habla de religión.»
XLSemanal 22 al 28 de julio de 2007 Carlos Manuel Sánchez
Cientos de adolescentes y veinteañeros se dejan llevar por el viento y por el mundo con sus cometas, sus arneses y sus tablas de kitesurf. Nómadas de un deporte donde parece que los practicantes hubieran pasado un casting para un desfile de modelos: son todos guapos. Guapos es poco, arrebatadoramente bellos. Perfectos. Con un alto porcentaje de querubines rubios y diosas bronceadas que derrochan salud. Culos y pectorales que hubiera cincelado Michelangelo. Y, además, simpáticos y sonrientes. Y no sólo porque dependen del patrocinio para financiarse los viajes (unos 10.000 euros al año solo en desplazamientos), deben ser amables y accesibles con los medios.
Se nota que les sale de dentro. Niñatos encantadores cuyas vidas son una sucesión de vuelos en avión y en cometa, aeropuertos tropicales y hoteles de costa, vientos y oleajes, trucos en el aire bautizados en inglés, puestas de Sol, hogueras en la playa y fiestas chill-out.

Fernando Borrello, de 23 años, argentino con rastas jamaicanas, es uno de estos peregrinos del viento. «Voy a Brasil y Oceanía, luego a Europa, dependiendo del hemisferio en que sea verano. Aquí, en Tarifa, trabajo un par de meses en una escuela de kitesurf como monitor. Gano unos 4.000 euros y vuelvo a Argentina. Allí, con el valor de la moneda tan bajo, mi plata se multiplica por cuatro y puedo pagarme otros billetes de avión, otras estancias.» Fernando habla con admiración de Gisela. «Una rider bárbara.» Pero sobre todo habla con veneración del viento andaluz. «¡Ayer soplaron rachas de 70 nudos! Fue muy divertido. No puedes hacer virguerías. Cualquiera hace exquisiteces con un principio de huracán. ¡Pero qué manera de volar! Esto sólo pasa aquí. Muchos prefieren vientos constantes que no levanten olas, pero Tarifa, Tarifa puede ser muy salvaje.»

Tarifa, provincia de Cádiz. La ciudad más meridional de Europa. El viento más guasón del continente. Un viento bromista, muy gaditano, que puede lanzarte en dirección a las nubes y con las mismas dejar de soplar como por ensalmo, convirtiendo tu cometa, que era un F-18, en un trapo inservible que cae en picado. Nunca sabes si va en serio o se está cachondeando de ti. Un viento esquizofrénico con doble personalidad: levante cálido y terrestre (y dicen que afrodisiaco), poniente fresco del Atlántico. Hoy sopla el levante, acelerado por el efecto túnel del estrecho de Gibraltar, que le mete el turbo. Y en la playa de Valdevaqueros sólo los más temerarios se atreven a medirse con él. Cuando sopla el poniente, la carretera de Algeciras se llena de furgonetas y rancheras; y las playas, desde Bolonia hasta Caños de Meca, pasando por Zahara de los Atunes, de cometas coloridas. Todos quieren ser Mary Poppins.

Pero hoy hay que echarle valor. Algunos competidores salen catapultados hasta la zona de los windsurferos, que han perdido terreno ante el empuje del kite (los artesanos que fabrican tablas en Tarifa han tenido que reciclarse) y sólo la pericia les salva de una colisión. Da la impresión de que existe un salto generacional. Se ve mucho cincuentón y sesentón centroeuropeo, espléndidamente conservados, con venerables tablas de windsurf cubiertas de arañazos de tres décadas de medirse a las olas. El kitesurf, en comparación, es cosa de críos. En cuanto a los simples bañistas, están recluidos en un gueto protegido por boyas. Pero la frontera no es hermética y hay que andar con mil ojos cuando los novatos la invaden, incapaces de gobernar sus tablas. De hecho, el kitesurf es un deporte de riesgo que está prohibido en muchas playas españolas.

El viento es aquí un filón inagotable. La industria gaditana por excelencia. Parques eólicos y turismo. Kilovatios de electricidad y divisas frescas. Don Quijote tendría que hacer muchas horas extra para enfrentarse a los 250 estilizados molinos que salpican el paisaje y que producen un teravatio por hora (1.000 millones de kilovatios), suficiente para abastecer el consumo doméstico de una ciudad de 700.000 habitantes, como Sevilla, durante un año y medio. Un viento que no hace prisioneros y centrifuga la arena. Masticas arena, te reboza los tímpanos, se te incrusta en los párpados, te da picotazos, te abofetea. Ráfagas que desquician a Rocky Chatwell, de 17 años, texano de Corpus Christi, que sale del agua íntimamente magullado en su amor propio. «Me he comportado como un jodido principiante», se queja después de ser eliminado. Rocky no tiene patrocinador. La familia le paga los viajes, así que para él es una faena no pasar ronda. Ahora tendrá que volver a pedirle pasta a sus papis para irse dentro de un par de semanas a la siguiente prueba del mundial: Mar del Norte. «A Tarifa no vengo más. Es de locos intentar piruetas con vientos tan duros.» Rocky es uno de los pocos norteamericanos del circuito. Esto no es Malibú. Ni se escucha a los Beach Boys. Por la megafonía suena Tote King, hip hop español.

Las banderas de los hoteles están hechas jirones, deshilachadas. ¿Cuánto durará el levante? Hay páginas especializadas en Internet que pronostican la alternancia de levante y poniente en estas playas, con África en el horizonte, a sólo 14 kilómetros de Marruecos y el polen del Rif, y donde apenas naufragan las pateras desde que el estrecho fue monitorizado con satélites espía. Furgonetas refrigeradoras de los años setenta a rebosar de bebidas energéticas. El aseo cuesta veinte céntimos, tres generaciones de mujeres hacen negocio con las ganas de orinar del personal. Y no se apiadan, aunque te retuerzas y te hayas dejado la calderilla en la guantera del coche. Casi todos los riders son muy rubios, mechones casi blancos, apelmazados, melenitas imberbes, la piel morena como de campesino o albañil, de muchas horas de trabajo, pero con la suavidad del Aftersun y ninguna arruga a la vista. Pero es que no tienen edad.

Gafas enormes de pasta blanca, guiños y saludos elaboradísimos entre los competidores, mezcla de idiomas. Un alemán que lleva siete años aquí tiene acento andaluz. Un malayo melenudo con pasaporte sueco se gana la vida probando tablas. Otro chaval habla de viento como quien habla de religión. Devotamente. Una jerga sólo para iniciados: «Estaba muy racheado y, aun así, conseguía mantener la cometa en el aire. Yo la probé en modo de cuatro líneas, con las bridas delanteras y conexión directa atrás». «¿Y qué tal el rango?» «Como una C, o sea, necesita más viento que una plana para empezar a andar. El rango por abajo será de 13 nudos o así. El depower es brutal.», «Pues mola, ¿no?» «Sí, va cojonuda para trucos que necesites potencia constante en el loop y si ves que te vas a dar el castañazo, sueltas la barra, la potencia se esfuma y no te matas».

El malagueño Álvaro Onieva sale del agua tiritando. «Tengo fiebre de tanto sol.» Una espectadora compasiva le da un Ibuprofeno. Álvaro se lo agradece y se acurruca junto a su novia. Tiene ganas de mimos. A los cinco minutos ya está otra vez en forma y dispuesto para competir. Otro concursante se aplica la crema solar como si fuera pintura india, franjas de guerrero comanche. Tatuajes que ocupan toda la espalda. Ipods con auriculares gigantes. Cometas que hay que inflar con bombas como de bicicleta y que parecen alas de murciélago. Biquinis y triquinis, espaldas que son triángulos perfectos. Para almorzar, ensaladas y rajas de sandía. Sándwiches y muffins de chocolate. Aquí no se come. Se reposta. Hidratos de carbono de alto octanaje. Camisetas con mensaje: «¿Quién fue el primer surfista de la historia? Jesucristo.» Y Cristo, en bañador, levita por encima de las aguas.
xlsemanal.com


Gisela Pullido, 13 años, tricampeona mundial.
Un prodigio de precocidad que dejó a toda su familia boquiabierta. «Lo único que no me gusta de este deporte es estar todo el día llena de arena y mojada.» Cuando está de viaje por una competición, pide los deberes del colegio y los entrega a la vuelta.
Habla con nostalgia de los arrecifes de coral de la Polinesia francesa. Un médico controla el tipo de arnés que debe utilizar para que su desarrollo físico no se vea afectado.
/ JAVIER OCAÑA


Bruna Kajiyaes la más dura rival de la española Gisela Pulido .

En Tarifa fue primera hasta el último día, pero en la ronda final tuvo que rendirse ante la española en el último suspiro. Malhumorada (algo inusual en ella), salió del agua y esquivó a los fotógrafos. Lleva cinco años en el circuito y es una de las concursantes que más expectación genera en la playa y que más admiradores arrastra.
/ JAVIER OCAÑA <>






Tags: kitesurf, Cádiz, Tarifa, Gisela, Pulido, Bruna, Kajiya

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