TRIBUNA · JOAN SUBIRATS · CATEDRÁTICO UAB
Desvelos educativos
Transfondo de la cobertura mediática
El pañuelo en la cabeza de Shaima forzosamente acumula muchos implícitos para concitar tanta expectación y controversia. ¿Cuál es el problema?
BARCELONA 04/10/2007
Fotos en portada, conexiones en directo con la escuela, entrevistas con los padres, editoriales y artículos de periódico y, evidentemente, apasionadas tertulias en los medios han sido el gran despliegue que ha acompañado el hecho específico y aparentemente anodino que en Girona una niña de
ocho años acuda a la escuela con un pañuelo que cubre su pelo. Observando la vestimenta con que muchos niños y adolescentes asisten a clase en centros de primaria y de secundaria, no parece que el tema mereciera esa atención. No trato de aparentar una falsa ingenuidad. Simplemente constato que el pañuelo en la cabeza de Shaima forzosamente acumula muchos implícitos para concitar tanta expectación y controversia. ¿Cuál es el problema? ¿Estamos ante un choque de principios, valores o derechos? ¿Se trata de defender el espacio-público-escuela de todo signo religioso? ¿La cuestión es establecer los límites que toda persona inmigrada debe evitar traspasar si pretende seguir en el país? O, de manera más general, ¿cuál es el modelo (político y teórico) que responde a la atención a la diversidad cultural en nuestro contexto? Como bien sabemos, depende de cómo definamos el problema el tipo de política o de respuesta será distinta. El reglamento interno de la escuela de Girona lo definía como una vulneración del principio de igualdad entre los alumnos. El Departamento de Educación ha considerado que debe prevalecer el derecho a la educación por encima de otras consideraciones y normas internas de los centros. Para Duran Lleida se trata de "marcar los deberes de los inmigrantes para no perder los valores de la cultura propia". El apenas estrenado líder del PP en Cataluña,
Daniel Sirera, nos ha recordado a Mayor Oreja y Pilar del Castillo al decir, como ellos en 2002 en una situación similar en Madrid: "Las personas que vienen aquí deben tener claro que aquí hay unas normas. Hoy es el velo, mañana otra cosa". El responsable de CC OO de la enseñanza, José Campos, ha puesto la guinda con su frase "No estamos de acuerdo con el velo; es como si los niños católicos fueran vestidos de nazarenos". El diario La Razón abría ayer su crónica del tema afirmando: "el pulso entre la tradición del islam y la escuela pública española... se ha decantado del lado religioso". Más allá del tremendismo de muchas de esas opiniones, nos queda la sonrisa de Shaima en su reincorporación a la escuela.
Cualquier observador atento a la realidad contemporánea, percibe que uno de los grandes retos que surge del cambio de época en el que estamos sumergidos es el de saber acoger al nuevo alumnado inmigrante en las estructuras educativas del país de acogida, y hacerlo de manera coherente con un cierto modelo, explícito o implícito, en el que fundamentar las acciones que emprender. Como dice uno de los autores con quien más cosas comparto en este tema, el canadiense Joseph Carens, "estas situaciones son particularmente complejas cuando los que están implicados son niños, precisamente lo que está en juego es cómo se construyen los contextos culturales en los que están inmersos". Y prosigue, "las respuestas apropiadas en estos casos es reconocer que el valor de los derechos liberales convencionales, y el cómo funcionan las instituciones que de esos derechos se derivan, no puede separarse de cómo afectan de forma concreta en las vidas de la gente". Por lo que sabemos, los efectos inmediatos de la no continuidad de Shaima en la escuela de Girona habría sido su regreso a Marruecos.
Desde mi punto de vista, en el plano de los valores, no podemos seguir defendiendo la peregrina idea que igualdad y diversidad son temas antagónicos. Lo contrario de igualdad es desigualdad, y lo contrario de diversidad es homogeneidad. No creo que pueda abordarse de manera seria el tema de la ciudadanía en sociedades como la nuestra, sin tratar de mantener la tensión y la atención, de forma simultánea, en los temas de autonomía personal, de igualdad y de diversidad. Y en el caso de Girona, todo ello está en juego. Si situamos el tema religioso en primer término, como se hace en algunas de las opiniones recogidas más arriba, y lo hacemos no en términos de autonomía personal y de reconocimiento de la diversidad, sino en términos de "sociedad que ha progresado y ha relegado la religión a la esfera estrictamente privada" frente a "sociedad que confunde religión y sociedad y que no puede acceder a la modernidad", nos equivocaremos de manera radical. Entiendo que muchos de los recién llegados viven con cierta indiferencia su identidad religiosa, pero los que se refugian en ella chocan con un entorno que pretendidamente es de neutralidad laica, pero que realmente está lleno de signos, guiños y complicidades católicas. Solemos entender como natural lo que nos parece cercano, y condenamos como arcaico lo que nos resulta extraño. Es evidente que, en palabras de la antropóloga Dolores Juliano, si aceptamos sin debate alguno las cuestiones diferenciales, podemos derivar a que se construyan reductos de diferencia que cercenen la necesidad de buscar y encontrar lazos comunes. Y eso ya está ocurriendo en algunos países con la creación de escuelas "sólo para musulmanes". No podemos llegar al punto en el que, como ocurre en Francia, centenares de adolescentes (musulmanes, sijs,...) se sitúen en el terrible dilema de: "sigo estudiando o sigo con mis convicciones religiosas y la expresión pública de las mismas". Tampoco podemos aceptar que la diversidad y el conflicto acaben construyéndose sobre bases inmateriales, poco vinculadas a las condiciones de vida y de trabajo, a la falta de capacidad de decisión política o la clara subordinación económica. Todo parece girar con relación a las partes del cuerpo que se muestran, las relaciones entre sexos, las abluciones diarias, lo que se come, cómo se nace o cómo se muere. Y eso enmascara explotación económica, dependencia personal o precariedad galopante.
Si seguimos el camino francés de regular de manera universal este tipo de situaciones nos equivocaremos. Prefiero la visión anglosajona de evitar generalizaciones y trabajar en procesos concretos. Sin falsos neutralismos. En el Reino Unido, en muchas escuelas públicas, la incorporación de velos o turbantes está limitada a espacios donde no se ponga en peligro la integridad física de los que los muestran (laboratorios, actividad física,...) e incorporan formas de conexión con la comunidad escolar en su conjunto (colores de la escuela, símbolos comunes, etcétera). Seguramente, eso nos muestra las potencialidades de visiones más apegadas al terreno, menos identitarias y excluyentes. En 1986 el Consejo de Europa decía: "Una pedagogía intercultural no es ni la yuxtaposición de materias culturales, ni su amalgama. El objetivo que persigue no es la hibridación intelectual a través de una manipulación pedagógica, sino el enriquecimiento y la comprensión mutua por medio de aprendizajes sobre el fundamento cultural de cada cual (...) con la finalidad de que se respete la propia cultura, y que sea valorada a los ojos del resto". Las identidades no son previas a la integración, sino que se constituyen a lo largo de un proceso que genera un incesante entrelazamiento de perfiles. El resultado no es un mosaico de esencias, sino más bien interacciones en constante redefinición y nunca cerradas del todo.
* Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.
EN EL DÍA INTERNACIONAL DEL DOCENTE
A primeros del pasado mayo EL PAÍS publicaba este artículo de opinión de Joan Subirats
TRIBUNA: JOAN SUBIRATS
Ser profesor
03/05/2007 Hace más de 30 años que ejerzo de profesor en la Universidad. De hecho, no he dejado de ir a la escuela, de una manera u otra, desde los cinco años. A esa edad interrumpí mi educación familiar para acudir a una clase formal, con otros niños de mi edad y frente a una señorita que me aleccionaba con cariño. Desde entonces he asistido a clases como alumno o profesor sin interrupción alguna. Y he de confesar que aún me divierto dando clases, participando en conferencias o mesas redondas y también asistiendo a intervenciones o lecciones de algún otro colega. Reconozco que no es lo mismo dar clases en la Universidad, que ejercer de maestro en los centros de educación primaria, en un instituto de secundaria o en un centro de formación de adultos. Públicos distintos, ritmos vitales distintos, posición física y mental en relación con la experiencia educativa muy diversa. Pero siempre he pensado que en cada momento vital el ser alumno y el ser profesor pueden encontrar puntos de encaje que permitan disfrutar de la situación.
Todo ello viene a cuento a raíz de que, gracias a la invitación del Instituto Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet para que participara en unas interesantes jornadas de reflexión sobre educación, cayó en mis manos el número cinco de los Cuadernos de la Fundación SM, dedicado a Las emociones y valores del profesorado. Se trata de un informe que Álvaro Marchesi y Tamara Díaz hacen a partir de una significativa encuesta realizada a un colectivo de casi 1.800 profesores de enseñanza primaria y secundaria, y casi 800 aspirantes a profesor, todos ellos del conjunto de España. Un primer dato que resaltar es que estamos ante un colectivo notablemente feminizado. Dos terceras partes de los ya maestros que responden la encuesta son mujeres. Y casi el 80% de los futuros docentes, también. Pero lo más sorprendente del estudio es que, a pesar de la evidente crisis profesional de muchos docentes, sólo el 10% afirma que dejarían ese trabajo si tuvieran otra alternativa, y tres cuartas partes entienden que son profesores porque les gusta enseñar. Evidentemente, se sienten poco valorados social y administrativamente, y consideran que la educación ha empeorado en los últimos años. Quizá por ello es notoria la sensación de añoranza con que observan el pasado, los años setenta y ochenta, considerándolos como mejores para la función de docente. Poco más del 20% afirma sentirse cansado o desesperanzado. Pero son gran mayoría los que consideran como puntos difíciles la disciplina en clase y el desarrollo socioafectivo de los alumnos. Y entienden que les falta colaboración de las familias, a las que ven despreocupadas por la educación de sus hijos e hijas y con quienes les gustaría establecer relaciones de mayor confianza. En su relación con los alumnos, lo que más valoran son las buenas relaciones afectivas con ellos, y lo que más les molesta es su falta de respeto. Les gustaría, sobre todo, que fueran felices, pero critican su falta de esfuerzo. Es interesante destacar que la gran mayoría volvería a ser profesor si pudiera. Se ven a sí mismos como optimistas y equilibrados, y consideran que su mayor recompensa sería el ver reconocida su labor como docentes. Los aspirantes a profesor muestran perfiles muy parecidos con los que ya lo son, aun cuando quizá destaca una orientación más profesional que vocacional.
Sería importante que las conclusiones de este estudio, y de otros de carácter más cualitativo también existentes, no cayeran en saco roto en momentos en que se está produciendo una importante renovación del profesorado en el sistema educativo del país, a raíz, entre otras cosas, de la implantación de la llamada sexta hora. Los miles de profesores que llegan a las aulas pueden contribuir o no a mejorar el clima profesional existente, renovando plantillas y buscando nuevos vínculos con las actuales generaciones de alumnos. No son necesarios demasiados estudios para entender que los profundos cambios sociales que tanto han cambiado nuestras formas cotidianas de vida, de trabajo o de convivencia social y familiar, han impactado brutalmente en unos centros educativos que además han visto incrementados por arriba y por abajo los años de estudio obligatorio, han visto como se diversificaba espectacularmente el tipo de alumnado, mientras se sentían cada vez más solos en una labor más difícil y compleja. Hay menos confianza en lo que cada uno puede hacer, y ello comporta una cierta crisis de identidad. A pesar de que estos dos elementos no son en absoluto excepcionales en los momentos que vivimos (seguramente el personal sanitario, los trabajadores sociales o los mismos policías podrían decir lo mismo), sí es cierto que la situación es especialmente sensible en la fase de adolescencia, en la que se concentran cambios tecnológicos, económicos, familiares, de modelos de vida, etcétera, con cambios hormonales acelerados. Ante ellos, y más solos que nunca, están los docentes con el encargo de trasmitir conocimientos, valores y moral ciudadana. Se les pide que nos entreguen personas preparadas para integrarse en las exigencias cognitivas de la sociedad del conocimiento, pero al mismo tiempo les pedimos que les adviertan de los peligros de consumismo y de indiferencia moral que esa nueva sociedad genera. Tienen que lidiar con sus emociones y con las de sus alumnos, y no siempre existen coincidencias positivas. Y sin emoción no hay educación. Como bien dicen los autores del estudio que glosamos, educar no es sólo técnica. Es necesario generar flujos de relaciones e incentivos que generen curiosidad y ganas de aprender. Y mantener esa actitud a lo largo de los años, mientras vas viendo pasar reforma educativa tras reforma educativa, con toda la burocracia y el papeleo que implica, no es nada sencillo. Los futuros profesores necesitan (como decía muy acertadamente Pilar Benejam el pasado lunes en este mismo periódico) conocimientos, una formación didáctica específica y puesta al día, y ganas de enseñar.
¿Estamos a tiempo de no dejar que se vaya agotando esa reserva de profesionalidad docente y de vocación genuina que aún es perceptible en la gran mayoría del profesorado? ¿Podemos contagiar de ese rescoldo de pasión y de buen hacer a los nuevos docentes? ¿Está dispuesto el Departamento de Educación a facilitar las cosas para que se vaya avanzando en el trabajo integrado y en una mejor relación entre las escuelas y el entorno social y educativo? ¿Estamos dispuestos todos a ayudar en esa labor y a reconocer el papel clave de los docentes en todo ello? Antes que siga proliferando el sálvese quien pueda, necesitamos invertir de verdad en la educación pública de este país y en su profesorado. Tengo la impresión que sólo podremos evitar la desprofesionalización si ayudamos a que todos entiendan que sin buena educación y sin buenos profesores en el país, no hay sociedad que resista cohesionadamente demasiado tiempo. elpais
* LOS HECHOS y REACCIONES
(PD/ 03.10.07 Agencias).- Shaima Saidani, la niña marroquí de 8 años que no había podido incorporarse a clase en Gerona por llevar hiyab, acudió este lunes al colegio acompañada de su madre y con la cabeza cubierta con el pañuelo islámico.
Los Servicios Territoriales del Departamento de Educación dictaron el lunes una resolución que obliga al colegio público «Anexa-Joan Puigvert» a escolarizar a la niña, por lo que este lunes mismo Shaima entró en su aula de Tercero de Primaria.
Explica M.J.F en ABC que la intensa polémica que se ha vivido en otros países y que ha llevado a algunos como Francia a prohibir por ley la presencia de símbolos religiosos en la escuela, asoma en España ante casos como éste, que coloca a partidos y asociaciones educativas en posturas encontradas.
La Generalitat, sin embargo, pretende resolver el conflicto en el plano estricto de la mediación y la tolerancia, y con la escolarización como premisa «sine qua non».
La pequeña, que llegó hace un año a Gerona, donde ya vivían sus padres, estudió el curso pasado en otro colegio donde se toleró que llevara el pañuelo, si bien el hecho abrió un debate interno. Por motivos que no han trascendido, los padres de Shaima decidieron cambiarla de centro.
El 18 de septiembre, con el curso ya comenzado, la oficina municipal de escolarización adjudicó a la niña el «Anexa-Joan Puigvert». Cuando los padres acudieron con la pequeña se les informó de que no podían escolarizarla si no se desprendía del pañuelo islámico.
La lectura del director
El director del colegio, Llorenç Carreras, basaba su decisión en que el reglamento interno rechaza cualquier discriminación entre los alumnos por razón de sexo, raza, religión u otros factores.
La Generalitat, que ha zanjado el asunto con la resolución que obliga a la escolarización, considera que el director ha hecho una lectura según la cual si la pequeña acude a clase con el pañuelo sufrirá discriminación por parte de sus compañeros y eso generará problemas de convivencia.
Portavoces del departamento de Educación de la Generalitat aseguraron que en Cataluña ningún colegio -y, por tanto, tampoco el de Gerona- explicita en su reglamento cómo deben vestir los alumnos y que, en cualquier caso, «ninguna norma interna puede prohibir algo que normas superiores como la Constitución no prohíben», cual es el uso de elementos religiosos en la escuela.
Estas fuentes recordaron que la prioridad es la escolarización de todos los niños y que la Generalitat no se plantea legislar sobre el asunto que ha motivado este conflicto.
El departamento de Educación, que dirige Ernest Maragall, aboga por que siga la mediación ya comenzada, como se ha hecho en otros casos, «que no va encaminada a que la alumna deje de llevar el velo en contra de su voluntad».
La Generalitat insiste en el buen resultado de la mediación en una comunidad donde 133.000 del 1.136.000 alumnos de Primaria, Secundaria y Formación Profesional son extranjeros, y el 26 por ciento de ellos procede del Magreb.
En contra del criterio de la Generalitat, la junta de directores de escuelas públicas de Gerona cree que esta situación podría haberse evitado si hubiera unas directrices.
Así, han decidido solicitar al consejero Maragall que la Generalitat establezca una normativa clara sobre el pañuelo islámico y otros símbolos religiosos para saber siempre a qué atenerse.
Daniel Sirera, presidente del PP de Cataluña, opinó que los inmigrantes tienen que acatar las normas y tradiciones de España, rechazó la resolución de Educación que obliga a la escuela a admitir a la niña y ofreció su apoyo al centro.
«Hoy es el velo y otro día será otra cosa», advirtió Sirera.
El presidente de UCD y portavoz de CiU en el Congreso, Josep Durán Lleida, pidió un debate político y social que marque los deberes de los inmigrantes. Durán aseguró no creer en la multiculturalidad,que «lo que hace es deshacer la cultura propia».
«Otra cosa es el enriquecimiento de mi cultura a través de culturas de otras partes del mundo», afirmó.
José Campos, secretario de Enseñanza de CC.OO., dijo que llevar el velo «es como si los niños católicos fueran vestidos de nazarenos».
Para Pedro Zerolo, secretario de Movimientos Sociales del PSC, «Educación para la Ciudadanía servirá para que las niñas musulmanas se quiten el velo».periodistadigital.com
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PS 07/10/07
REPORTAJE
"Lo pasé fatal en la escuela"
Fátima Elidrisi, protagonista de la primera polémica por el velo islámico, recuerda su experiencia
. "No trato con culturas sino con personas", dice el director de un centro a favor del pañuelo
LOLA GALÁN - Madrid - 07/10/2007 EL PAIS Shaima, la niña musulmana de ocho años rechazada inicialmente en una escuela de Girona por llevar velo, y admitida después por orden de la Generalitat, no es la primera que protagoniza una polémica en España por el uso de esa prenda. Hace cinco años, Fátima Elidrisi, otra niña marroquí, suscitó una controversia todavía más fuerte, al negarse a acudir a la escuela sin el pañuelo. El pulso entre Fátima y el centro concertado de la Comunidad de Madrid que le fue asignado se saldó con su escolarización en un instituto público, que la aceptó no sin reticencias. Fátima recuerda hoy con poca simpatía sus años en el centro y defiende el derecho a vestir el hiyab. Directores de diversos colegios discrepan.
Han pasado dos años desde que Fátima Elidrisi dejó el Juan de Herrera, un instituto público de San Lorenzo de El Escorial (a unos 50 kilómetros al noroeste de Madrid). "Me fue fatal allí. Por la clase de gimnasia. Algunos profesores me decían que no podía llevar velo. Tenía muchos problemas, casi como al principio. Llamaban a la directora, pero ella no decía nada", declara por teléfono, en un español inseguro, desde el rincón de Andalucía donde vive con su familia desde el año pasado. Aunque pocos recuerdan su nombre, la escolarización de Fátima, en febrero de 2002, a los cinco meses de su llegada a España, estuvo precedida por la mayor polémica sobre el uso del hiyab -el velo que usan las musulmanas a partir de la pubertad-, que se había escuchado hasta entonces en este país.
Cuando Fátima, que no había cumplido los 14 años, fue enviada a la escuela apenas pudo chapurrear algo de español. Le tocó un centro concertado, el Inmaculada Concepción. Las monjas concepcionistas que lo gestionan se negaron a aceptarla, tocada con su hiyab. Su padre, Alí Elidrisi, rechazó también el centro católico. La polémica estaba servida.
Al final, las autoridades optaron por escolarizarla en el instituto público Juan de Herrera, pese a que la entonces directora, Delia Duró, era contraria al velo.
El primer día de clase de Fátima se convirtió en todo un acontecimiento mediático. La niña entró en el aula con el pañuelo anudado al cuello, un atuendo que mantuvo en la escuela hasta 2005, cuando dejó los estudios.
Apagados los focos que iluminaron brevemente su vida, Fátima pasó un año trabajando en una tienda de San Lorenzo de El Escorial, de la que no quiere dar más datos. "Llevaba mi pañuelo y no pasaba nada", recuerda ahora, ya con 19 años cumplidos, y empeñada en sacarse el título de graduado escolar y el carné de conducir. De la polémica de la niña de Girona no sabe absolutamente nada, pero se extraña de la edad de Shaima. "A los ocho años no se lleva el velo. Es muy pequeña, incluso a los 14 se es pequeña". Aunque, reflexiona: "¡Qué más da! No entiendo por qué la gente está pendiente de estas cosas. Cada uno tendría que pensar en lo suyo".
La madre Belén, actual directora del Inmaculada Concepción, elude referirse a aquella polémica. "Yo estaba entonces en otra autonomía". Pero defiende la decisión de no admitir a Fátima. "Cuando los niños se escolarizan en el centro aceptan respetar sus normas, y el uniforme es una de ellas. Nosotras tenemos también alumnos inmigrantes. No sabría decirle cuantos, unos diez, creo, y estamos muy contentas con ellos. Enriquecen nuestra visión del mundo, que es plural".
En el Juan de Herrera, donde estudió Fátima, todavía la recuerdan. Su caso sirvió de pauta al reglamento interno que aplica hoy su nuevo director, Ramón Vázquez. "Permitimos a las chicas musulmanas que vengan con el pañuelo, pero no dejamos que los alumnos lleven gorras. Yo no trato con culturas, sino con personas. Y las chicas musulmanas no son libres para quitarse el pañuelo". En el instituto, uno de cada cuatro alumnos es inmigrante, aunque los musulmanes son apenas una treintena, de ellos 12 chicas, "de las que sólo tres o cuatro llevan pañuelo", dice Vázquez. No le cabe duda de que el suyo es un centro "liberal". Pero, este director aplaudiría la llegada de una norma superior a la que atenerse en caso de conflicto. Mientras llega, el muestrario de soluciones caseras que cada centro da al problema de los atuendos es variado e imaginativo.
Caben muchas matizaciones entre las dos posiciones extremas: liberalismo total, al estilo del Reino Unido, y prohibicionismo total, tan estricto como el que se aplica en Francia, donde todos los símbolos religiosos están proscritos en la escuela.
Un ejemplo de máximo liberalismo es el colegio concertado de las Mercedarias, en el centro de Madrid. Los alumnos llevan uniforme, pero un uniforme laxo, por lo que se ve a la salida del centro: chavales con chándal que se atienen sólo parcialmente a los colores obligatorios -pantalón azul marino y camisa blanca-, con colgantes y piercing; chicas con minifaldas vaqueras. Ninguna con hiyab. "Será porque ellas no quieren ponérselo, porque nosotras lo aceptamos", dice Olga, que ha sido alumna y profesora del centro y ahora controla la portería. ¿La llaman hermana o madre, los chicos? "Huy, eso pasó a la historia, ahora nos tutean". Olga -pelo blanco y ojos claros- dice que los alumnos vienen casi todos de la zona, un sector degradado del centro de la ciudad. "Tenemos infinidad de hijos de prostitutas. Ellas son bellísimas personas". Lo del uniforme responde a una petición de los padres. Las mercedarias no lo impondrían. "A los musulmanes les preparamos comida especial. Nunca hemos tenido problemas".
Y ése es un aspecto clave. Porque los reglamentos internos de los centros se basan, muchas veces, en la propia experiencia. En el instituto Benlliure, de Valencia, con más de mil alumnos entre los 12 y los 20 años, (30% de inmigrantes), se vivió hace años una situación complicada que obligó a tomar medidas. Lo recuerda el jefe de estudios, Josep Cuenca. "Tuvimos una alumna musulmana en uno de los ciclos superiores, el de Turismo, que usaba el velo. Y era un problema. Porque la enviábamos a hacer prácticas en el aeropuerto, o en la recepción de un hotel, y las empresas nos la devolvían, por el velo". El profesor a cargo del curso informó del caso y el claustro decidió que había que prohibir a los alumnos cubrirse la cabeza. "Aquí no se aceptan ni hiyab, ni gorra, ni capuchas. Es una cuestión de estética", dice Cuenca. Las alumnas musulmanas llevan el velo sólo hasta la puerta.
En el instituto Las Américas, de Parla (a unos 20 kilómetros al sureste de Madrid), han optado por una solución intermedia. "Las niñas musulmanas pueden venir con pañuelo, pero no aceptamos prendas que tapen la cara. Por eso no admitimos que entren en clase con gorras o con gafas de sol", explica Ángel Humanes, director del centro desde hace siete años. Humanes, al frente de un colectivo de 700 alumnos (unos 120 inmigrantes), cree que la fórmula mágica para evitar problemas es aplicar el sentido común. "La intransigencia es fatal. Pero tan malo es pasarse como quedarse corto. El de fuera tiene que aceptar las costumbres de aquí".
Aunque la situación dista de ser homogénea. "En Andalucía estamos muy bien. Aquí no hay problemas con estas cosas del velo", asegura Fátima Elidrisi. Y tampoco en Ceuta, con mayoría de musulmanes. Juan Luis Aróstegui, que dirige el instituto Puertas del Campo desde hace 22 años, lleva décadas viendo a las alumnas entrar a clase con su pañuelo. "Aquí la naturalidad es absoluta. Ni destaca, ni llama la atención. Aunque tampoco son muchas las muchachas que lo llevan". Aróstegui ha detectado un aumento del uso del hiyab en los últimos años. Pero jamás lo prohibiría.
Claro que eso está bien cuando todo va como la seda. Pero, ¿y cuando surgen los problemas? Ramón Vázquez, del instituto Juan de Herrera, tiene claro que debería haber una norma de la Administración a la que atenerse. "Si no, nos dejan a los directores a los pies de los caballos". elpais
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