Llevan varios años en ello. En la actualidad, Euskadi cuenta con 20 colegios e institutos involucrados (16 en Vizcaya) y otros dos están a punto de sumarse al proyecto. Y, bien, ¿qué son realmente las 'comunidades de aprendizaje'? Pues una manera de introducir en el aula colaboradores -estudiantes universitarios en prácticas, ex alumnos, educadores sociales, profesores de refuerzo lingüístico y de pedagogía terapéutica, maestros jubilados, padres o representantes del vecindario en general-, con el fin de crear un clima de confianza que facilite el aprendizaje. «Está claro que en el colegio hay que trabajar, pero también deberíamos intentar que los chicos sean felices».
El papel de los voluntarios no consiste en impartir clases, sino en fomentar la participación e inculcar valores de convivencia y solidaridad. «No nos confundamos, no es una iniciativa para escuelas con problemas. Todos los centros de Primaria y Secundaria se pueden ver beneficiados», puntualizó el consejero de Educación. Una apuesta que, por tanto, se desmarca radicalmente de la práctica estadounidense. «En mi país -aclaraba Michael Apple, profesor de Política Educativa en la Universidad de Wisconsin-, estos proyectos se dirigen a los más desfavorecidos, chavales inmigrantes y sin recursos».
Los docentes vascos se muestran expectantes. Y los que ya han puesto en marcha la iniciativa se sienten satisfechos: la presencia de varios adultos en el aula mitiga la conflictividad, reduce las interrupciones en clase y permite que los alumnos reciban un trato más personalizado. Todo son ventajas. Ahora bien, esto mismo, ¿no lo pueden conseguir los centros educativos por sí mismos? Tontxu Campos piensa que, a estas alturas, no hay vuelta de hoja. «La escuelas están desbordadas, se enfrentan a demasiados retos y solas no podrán solucionarlos. Tenemos que abrir las aulas a los padres, al barrio, a la sociedad entera Sólo así podrán superar los desafíos. Solas es imposible».
Esta cura de humildad, subraya el consejero, es común a todo el Viejo Continente. «El pasado jueves, estuve en el Consejo Europeo de Ministros, en Bruselas. Y allí, con representantes de los 27 Estados, me di cuenta de que nos unen muchas cosas. Compartimos las mismas preocupaciones, aunque los puntos de partida sean muy distintos. Hay que integrar los colegios e institutos, vincularlo con el entorno. ¿Tengo verdadera fijación en este tema!». Fue el pasado año, cuando en su Departamento decidieron generalizar el proyecto. Hasta el punto de que, en palabras de Tontxu Campos, «la meta es hacer de Euskadi una 'gran comunidad de aprendizaje', donde todos los agentes sociales se impliquen y trabajen para formar mejores personas».
«Entre todos»
El especialista estadounidense Michael Apple alabó el compromiso del País Vasco aunque también dejó entrever el peligro de que «esto se interprete como un simple ahorro por parte de la Administración». Y nada más lejos, en palabras del experto, porque «de lo que se trata es de colaborar entre todos, la idea no es sustituir una cosa por otra, sino de dar cabida a la cultura popular, a la gente del vecindario, dar voz a a las familias y grupos que reivindican la justicia social. Eso no perjudica a nadie, nos beneficia a todos». EL CORREO
«Ricos y pobres deben implicarse»Defiende a capa y espada las bondades de las 'comunidades de aprendizaje' como la mejor manera de implicar a las familias y demás agentes sociales del barrio -trabajadores voluntarios que arriman el hombro para sacar adelante a los chavales-, pero también deja claro que «no hay política educativa neutra». De lo que se trata es de «imponer una serie de valores porque en estos temas no se puede ser relativista, no todo es bueno».
-¿Qué le parece que el Gobierno vasco apueste tan decididamente por las 'comunidades de aprendizaje'?
-Lo importante siempre -en este y en todos los casos- es la actitud democrática. ¿Se impone? ¿Hay diálogo? Eso sí, los gobiernos deben tener una idea clara de lo que consideran una buena educación. Tienen que ser firmes, no se trata de hablar del tiempo Todo esto es crucial. Y evidentemente no se puede prescindir de la opinión de todas las partes implicadas: padres, alumnos, profesores
-¿Le parece correcto que se pretenda extender esta iniciativa a todo el sistema educativo?
-No creo que haya ningún centro que no se pueda beneficiar, ni siquiera los elitistas. Aunque, claro, no soy un romántico.
-¿En qué sentido?
-La mayoría de los padres de clase media sólo exigen resultados, que sus hijos saquen buenas notas para ir a las mejores universidades.
-¿Y eso no lo quiere todo el mundo?
-Sí, claro. No podemos negar a las familias humildes esa oportunidad ¿Para eso están las 'comunidades de enseñanza'! Deseamos que los alumnos vivan el estudio de otra manera, que se involucren más Eso afecta a las notas para bien. Lo que yo defiendo es la misma implicación de los padres pobres y de los padres ricos. Estos últimos, ¿ya lo creo que participan en la vida diaria de los colegios!
-Según su experiencia, ¿los alumnos deberían estudiar en su lengua materna?
-Por supuesto. Lo contrario les suele perjudicar mucho. Me imagino que no todos los niños vascos hablan euskera, ¿no? Hay que ser sensible a esa realidad. Es un error asumir, sin más ni más, que todo el mundo habla euskera. Ahora bien, entiendo esa reivindicación lingüística y cultural. Me recuerda el caso de Nueva Zelanda: allí el maorí era una lengua que hablaba menos del 5% de la población. Era un idioma que se moría pero, al final, se crearon escuelas donde se podía estudiar en esa lengua. En última instancia, se trata de una cuestión de identidad, ¿no?
-¿Conoce los modelos de 'comunidades de enseñanza' de Finlandia?
-¿Aquello es otro mundo! Sé que es algo extraordinario, pero nada más. No puedo entrar en detalles porque mi bagaje es muy distinto. Vengo de los barrios marginales de Nueva Jersey. Y he ampliado mi formación en países como Brasil, donde las diferencias sociales son abismales, donde el clasismo y el racismo son moneda corriente. Ése es mi recorrido. EL CORREO
relacionado«Tomando medidas extraordinarias para los estudiantes con bajo rendimiento, chavales con conductas problemáticas o inmigrantes no lográbamos resolver su situación, no mejoraba la convivencia ni el fracaso escolar, por lo que decidimos intervenir en el grupo entero», señala Lorea Aretxaga, orientadora del instituto de Mungia, uno de los participantes en este proyecto para el que dispone de una veintena de voluntarios. «Si sacas del aula a un alumno, lo segregas», opina.
Baja la conflictividad
Los profesores aseguran que contar con varios adultos en el aula baja la conflictividad, reduce las interrupciones en las clases y permite que los alumnos reciban un trato más personalizado. «Por ejemplo, una discusión en el patio puede ocasionar que un chico llegue alterado al aula y no deje que la clase se desarrolle con normalidad. Uno de los adultos puede ocuparse de él hasta que se tranquiliza», comenta Sira Aiarza, directora del centro de Mungia, que tiene un 12% de inmigrantes. En muchas ocasiones, puede ser uno de los alumnos extranjeros que no conoce el castellano o el euskera el que se beneficie de la presencia de un docente de refuerzo lingüístico para que pueda seguir las explicaciones.
No es una clase ordinaria, en la que el docente explica y los estudiantes toman apuntes. Es un sistema de «grupos interactivos» y talleres. El profesor prepara la actividad y establece las pautas que deben seguir los colaboradores. En el aula se forman grupos dirigidos por los adultos, el profesor y una o dos figuras más: puede ser una madre, un educador social o un especialista en Pedagogía Terapéutica. Los voluntarios «no dan clase», sino que «dinamizan» la actividad, aclara Adelaida Otxoa, directora de la escuela de Lamiako, uno de los centros pioneros en el proyecto educativo.
Este sistema de enseñanza permite crear un clima favorable para el aprendizaje, coinciden los expertos. «Todos los escolares intervienen, hablan, colaboran y trabajan. Los que más saben pueden ayudar a los que tienen más dificultades, una situación que es beneficiosa para ambos. Se fomenta la solidaridad y se motiva más los alumnos», comenta Nieves Saratxaga, encargada del programa en Lamiako.
Más implicación
De la docena de colegios e institutos que se han incorporado en los últimos cursos a las comunidades de aprendizaje, más de la mitad son de Vizcaya. Está previsto que el proximo año se sumen otros tres centros a esta iniciativa, uno por territorio. «La sociedad ha sufrido una transformación importante que se refleja en los alumnos, en el aula, por eso hay que introducir también un cambio en la gestión de las clases», argumenta Luisma Landaluze, profesor de refuerzo lingüístico del instituto de Mungia.
Este método, que se desarrolla también en colegios de otras comunidades, exige un mayor esfuerzo e implicación a los profesores. «Necesitan un cambio de mentalidad, ya que no se trata de dar la clase habitual. Tienen que dedicar más tiempo a preparar cada sesión. Hay algunos que son reticentes a implantar grupos interactivos en sus asignaturas», señala la orientadora de Mungia.
«Aportan frescura, afecto y confianza a los alumnos»La clase es de Lengua Castellana y consiste en una tertulia literaria. Se han formado tres grupos, en uno de ellos los alumnos subrayan algún párrafo que les interesa y explican por qué, en otro se trabaja la gramática y en el tercero la expresión escrita. Los adultos que dinamizan la clase son el profesor de la materia, un docente de refuerzo y el conserje. Es una escena que se puede contemplar en una jornada escolar cualquiera en las escuelas de Lamiako. «Los niños van pasando por los tres grupos. Todas las opiniones y las respuestas son válidas, hasta las erróneas. Cada alumno interviene y aporta algo», explica Adelaida Otxoa, la directora. En el instituto de Mungia también es habitual aplicar este sistema de grupos interactivos en las clases de Lengua y Literatura. Una de las últimas ha sido una tertulia literaria sobre El Quijote, en la que intervino una madre junto con el especialista de apoyo lingüístico y el profesor de Lengua.
Contar con varios adultos en el aula no persigue sólo mejorar el rendimiento académico, sino también la integración y la convivencia entre los estudiantes. Lander Vázquez estudia para Educador Social, es ex-alumno del instituto de Mungia y ahora uno de los voluntarios. «Los alumnos tienen mucha confianza conmigo, me cuentan sus problemas», explica.
«Los voluntarios jóvenes aportan frescura a las aulas, a los chavales se les alegran los ojos cuando viene uno de ellos. Las madres desarrollan estrategias afectivas que también son positivas para los chicos, les arropan», señala Lorea Aretxaga, la orientadora del instituto de Mungia, un centro en el que rige una norma de convivencia: que todo el mundo exprese su opinión sin sentirse menospreciado ni agredido. EL CORREO 29/03/2006
Tags: congreso, comunidades, aprendizaje, CAV, País Vasco, Euskadi, voluntarios
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