Los que dan la nota
Escuela
Superior de Música Reina Sofía, en Madrid, y Musikene, en el País Vasco, son las dos únicas entidades de
carácter privado que ofrecen una titulación de grado superior en
España
· Su prestigio es internacional
· Los jóvenes prodigio de Musikene salen adelante
a costa de su bolsillo, no tienen derecho a becas que reconozcan sus
propios méritos y se las apañan para seguir con el Bachillerato
UN PAR DE CENTROS PRIVADOS DE ÉLITE
Musikene
Tiene
su sede en el palacio Miramar de San Sebastián. El precio de la
matrícula oscila entre 1.000 y 1.300 euros; suele haber unos 300
postulantes al año para 100 plazas y, en la actualidad, cuenta con 353
alumnos. Admite sólo excepcionalmente a menores de edad [no adolescentes].
Escuela de Música Reina Sofía
Su
sede provisional se encuentra en Pozuelo de Alarcón (Madrid), pero en
septiembre se inaugurará la definitiva, en la plaza de Oriente. La
matrícula implica un desembolso de 16.950 euros. «El 92% de los
postulantes que superan las pruebas entran gracias a becas de entidades
privadas o públicas, que actúan como mecenas de la Escuela», aclaran
desde el centro. Cada año solicitan su admisión más de 200 jóvenes; las
plazas no suelen superar las 20. El próximo curso, acogerá en total a
110 estudiantes. Los menores de edad [no adolescentes] ingresan en casos contados. |
SAN SEBASTIÁN 12 MAYO 08 - ISABEL URRUTIA (EL CORREO)
Llevan
sudaderas, zapatillas y una mochila al hombro. Nada en especial. Tienen
acné, les gusta quedarse a dormir en casa de los amigos y también cenar
comida turca. Y además, cómo no, la música les hace perder la cabeza.
Día y noche. Son los benjamines del Centro Superior de Música del País
Vasco (Musikene), de carácter privado y con sede en el palacio Miramar
de San Sebastián. Tienen entre 16 y 17 años, y se las arreglan para
sacar adelante el bachillerato y una carrera artística que les
catapulta al séptimo cielo.
Sara Galán (fagot), Ignacio Soler
(fagot) y Sigurjón Freyrsson Lorenzo de Reizábal (violín) han ingresado
antes de lo habitual en Musikene, una institución con rango de
universidad, y no les ha costado nada ganarse el respeto de sus
compañeros. Eso sí, los tres les salen por un potosí a las familias
Estudian lejos de casa -Sara es de Madrid, Nacho de Valencia y Sigurjón
de Leioa-, cuentan con un expediente musical deslumbrante y, pese a
todo, no tienen derecho a ninguna ayuda económica, ni de origen privado
ni público, en reconocimiento a sus méritos. «En estos casos, las becas
para este tipo de estudios -no obligatorios- sólo se conceden en
función de los ingresos de los padres, no se adjudican como recompensa
a la excelencia», aclaran desde el Ministerio de Educación y Ciencia.
Para
postular a una de ellas la renta anual debe ser de menos de 31.000
euros cuando se trata, por ejemplo, de una familia de cuatro hijos. Si
no se cumple con esos requisitos, hay que apechugar y soltar la pasta.
Fuera de la matrícula de Musikene -que sale por unos 1.000 euros-, a
los padres de Ignacio les supone otros 1.000 mensuales la estancia del
chico en el colegio mayor Olarain; Sara, en cambio, tiene la fortuna de
vivir en casa de una amiga de su madre, en Hernani.
Sigurjón
(Siggi para los amigos) es el único que duerme en su cama casi todos
los días -salvo los miércoles, porque los jueves tiene clase a las ocho
en Musikene-, pero tampoco le importaría pasar más noches con los
compañeros de estudios. «Es toda una experiencia arreglárterlas
solo...», confiesa con sonrisa pícara mientras acaricia el estuche del
violín. De padre islandés y madre bilbaína, está acostumbrado a la
variedad; le encanta llegar a un piso compartido, con el pijama y un
cepillo de dientes en una bolsa, probar la cama o el saco de dormir y
salir a comer 'khebabs'. La noche donostiarra le pone de buen humor, se
siente libre, entre colegas y listo para zamparse el mundo.
Lo
suyo es explorar nuevos territorios -«ahora me estoy metiendo con
Beethoven, que a Mozart lo tengo muy visto»- y no retroceder, cueste lo
que cueste. Por eso eligió el modelo biosanitario de bachillerato,
cuando lo habitual en su caso sería haber elegido el musical. «Hay días
en los que me agobio un poco; la física y la química se me hacen cuesta
arriba y acabo de ingresar en la Joven Orquesta de Euskal Herria...
Pero, bueno, me las arreglo». Todavía no ha decidido si finalmente
compaginará o no una carrera universitaria con la formación musical.
«Hay tanto para elegir que no sé; es un poco lío. En casa me dicen que
no estaría mal que tuviera estudios universitarios ¿Lo ideal para mí?
Hombre, yo querría vivir de la música. Ser lo mejor que pueda, pero no
por la fama, qué va... ¿Quiero ser alguien normal!». Directo y certero;
de ahí que se le diera tan bien el taekwondo, una de sus grandes
pasiones. Abandonada para mayor gloria del violín.
Madres con ritmo
La
titulación superior de fagot y violín en Musikene abarca cuatro cursos;
tiempo de sobra para curtirse bajo la tutela de profesores de
reconocido prestigio y sacar provecho al dinero que invierten los
padres. Un desembolso que ninguno lamenta, aunque les dé mucho que
pensar: «Nosotros porque podemos... Pero ¿los demás? ¿Cuántos críos se
pierden por el camino por falta de recursos económicos? En fin, es lo
que hay. Si estos chavales fueran unos portentos para el fútbol, otro
gallo cantaría», se queja Margarita Lorenzo de Reizábal, madre de Siggi
y directora titular de la Joven Orquesta de Leioa. El chaval lleva la
música en la sangre por partida doble: también es hijo del flauta de la
BOS, Freyr Sigurjonsson.
Las sagas musicales lo tienen claro
desde el principio; siguen el ejemplo de sus mayores y, cada vez,
apuntan más alto. Como Ignacio Soler, sin ir más lejos. Su madre,
Amparo Pérez Pellicer, tocaba el saxo en la banda municipal de Alzira y
su hermano es trompetista, igual que su tío. «Nosotros queremos que
estudie en Musikene porque allí está David Tomás, el mejor maestro de
fagot que hay en España», explica Amparo. Es que su hijo estudió de
pequeño con Juan Enrique Sapiña, miembro de la Orquesta de Valencia, y
está acostumbrado a progresar a velocidad de crucero.
Tiene
apenas 16 años, pero cuando agarra el fagot para interpretar unos pocos
compases del concierto de Hummel, se crece y atrapa la atención desde
la primera a la última nota. No sólo airea a los cuatro vientos el
sonido justo; no sólo sigue el compás a la perfección. Ignacio derrocha
personalidad cuando hace música: se vuelca en cuerpo y alma con cada
soplido, y no deja cabos sueltos. Es contundente, un pedazo de artista
que dará que hablar. Pero él, como si nada...
«Bah,
sencillamente es lo que hago. No me siento ni mejor ni peor. Yo, a los
11 años, ya quería ser músico. Aunque, bueno, al principio había pedido
un oboe Pero enseguida se me pasó el capricho. ¿Me quedo con el
fagot!», afirma rotundo en una salita de Musikene, con el instrumento
de sus amores sobre la mesa. Cómo será que no se le caen los anillos a
la hora de ensayar en el sótano del colegio mayor; sólo lamenta que
«los chicos que estudiamos música no podamos tocar pasadas las diez de
la noche». Si por él fuera, habría que bajarle el desayuno hasta las
catacumbas. Allí se encuentra como en el paraíso mientras calienta los
dedos con 'El aprendiz de brujo', de Paul Dukas.
Es un chaval
con chispa; apacible como un amanecer en la playa de Malvarrosa «Pero,
oye, también me va la marcha. Me gusta el 'rap' en castellano y la
música pachanguera. Y me molan las pelis de la Segunda Guerra Mundial».
Salta la liebre
Los
tréboles de cuatro hojas suelen pasar desapercibidos, aunque a veces
salta la liebre. Algo así le pasó a Sara Galán. El talento brotó por
generación espontánea y, encima, la suerte le echó un capote: «En la
familia no hay nadie que valga para esto, excepto ella. Y lo bueno es
que la matriculamos en el colegio Padre Antonio Soler de El Escorial,
donde se siguen estudios de música, aparte de la educación reglada. Es
un centro público y nos pareció interesante; creo que hay otro similar
en Barcelona, pero privado. A Sara le gustó desde el principio. Y, ojo,
fue ella la que escogió el fagot con ocho añitos », recuerda Lucía
Rica, una enfermera bilbaína radicada en la sierra madrileña que se
maravilla ante «el esfuerzo tremendísimo» que hace su hija.
Sara
siente una pasión arrolladora por la música. No sólo conoce al dedillo
su repertorio, sino todos los grandes conciertos para piano, violín,
violonchelo, clarinete, flauta, arpa... Devora discos, los programas de
Radio Clásica y siempre tiene «hambre de público», de saltar a escena
con el fagot en ristre «y darlo todo». Se le ilumina el rostro cuando
habla y confiesa, con los ojos perdidos en un punto lejano, que «a
veces me impaciento, querría ser perfecta, llegar a la meta...». Pero
sabe de sobra que no llegara nunca. Y que eso no es malo. «Lo sé, lo
sé. Siempre querré ser mejor. Puf, tendré que acostumbrarme».
De
momento sueña con conocer a Barenboim y a Abbado, lamenta haber nacido
«cuando ya no estaba Bernstein» y cada día disfruta más de la
Filosofía. «La descubrí el año pasado y mola. Ya me gustaría tener más
tiempo para leer, pero hago el Bachillerato a distancia y me queda tan
poco tiempo ». Se muere de ganas de volar muy alto y a toda pastilla.
Será cosa de familia: «Mi hermano mayor está en el Ejército del Aire y
el pequeño está loco por las motos», explica entre risas.
-¿Os habéis arrepentido alguna vez de haber elegido este camino?
-Sigurjón: ¿Arrepentirme? ¿Por qué me iba a arrepentir?
-Ignacio: No, no, nunca.
-Sara: Es mi vida. Yo no la cambiaría por nada. EL CORREO
ENTREVISTA· FABIÁN PANISELLO, DIRECTOR ACADÉMICO DE LA ESCUELA SUPERIOR DE MÚSICA REINA SOFÍA
«Los grandes maestros se rifan a los críos con talento»
Fabián Panisello
es director de orquesta, compositor y responsable académico de la
Escuela Superior de Música Reina Sofía, en Madrid, un centro que se
fundó hace 17 años gracias a la iniciativa de Paloma O'Shea y cuyo
modelo de gestión ha seguido Musikene en el País Vasco. Son las dos
únicas entidades de carácter privado que ofrecen una titulación de
grado superior en España. Su prestigio es internacional.
El
listón de Panisello siempre se sitúa en lo más alto; así que no le
faltan preocupaciones. «En 12 años que llevo en el cargo, todavía veo
bastantes lagunas. Sobre todo me duele la falta de locales
especializados en la formación de niños de entre 6 y 12 años». Una
carencia que, por cierto, se acabará colmando por el empeño de Paloma
O'Shea: hace dos semanas anunció su interés en abrir un centro infantil
con sede en Santander y el apoyo del Gobierno cántabro.
-Paloma
O'Shea ya quería que la Escuela de Música Reina Sofía se dedicara
exclusivamente a la enseñanza de los más pequeños, ¿no?
-Sí, es
cierto. La idea de nuestra directora era tener en España un centro
similar a los que existían y siguen existiendo en los países del Este.
-¿Es tan precaria la formación primaria en España?
-Sí,
cuando se trata de niños con mucho talento. No se encauza todo el
potencial Con una metodología adaptada y profesores de primer nivel, se
conseguiría desarrollar el talento musical al máximo. Sin descuidar,
por supuesto, la educación general. Ése es uno de los sueños de Paloma
O'Shea.
-¿Por qué no se llevó a término el proyecto originario de la Escuela de Música Reina Sofía?
-Bueno,
porque se trata de una entidad privada y con niños no se puede ofrecer
a los mecenas contrapartidas rápidas y concretas. Un crío es una
promesa de futuro La Escuela Superior Reina Sofía, que ya tiene 15
años, cumple con el mismo papel de Musikene en San Sebastián. Es un
centro privado de educación superior, nada más.
-¿Admiten a menores de edad?
-Sólo en casos excepcionales. Y no de menos de 13 años.
-¿Qué aconsejaría a unos padres con un niño especialmente talentoso para la música?
-Primero,
que no le llamen genio. Eso es algo que sólo se ve con el tiempo. Ser
un genio en el mundo de la música exige muchos talentos, no sólo tener
buen oído. Hay que tener capacidad para comunicar, ser creativo, estar
dotado de muchísima disciplina y saber relacionarse con los compañeros.
-¿Y no recomienda que acudan a un maestro para que el crío reciba clases particulares?
-
Sí, por supuesto. Lo ideal sería contar con un maestro que se vuelque
en el pequeño. ¿Los grandes maestros se rifan a los críos con talento!
En las orquestas conocen a los buenos pedagogos, que pregunten allí. No
tendrán problemas para recibir información. EL CORREO
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