Actualizando a los clásicos
VICENTE CARRIÓN ARREGUI · PROFESOR DE FILOSOFÍA
Si Platón entrara en nuestros
institutos
creyendo que entraba en su Academia,
¿acaso no se quedaría
perplejo al ver a los alumnos
desdeñar la ortografía
porque Microsoft
Word ya corrige sus fallos?
Oí a un abuelo decir que su nieto de un año
era muy listo porque se quedaba clavado delante del vídeo
Leo algo semejante en boca de profesionales
de la educación infanti
MURCIA 11.12.2008 (LA VERDAD)
Cada vez que me preguntan por la utilidad de la Filosofía me reboto. Si una mirada, un poema, un gemido de gozo o una sonrisa pueden carecer de utilidad y, sin embargo, determinar el curso entero de una existencia, ¿a qué exigir a la Filosofía más utilidad que la de ayudarnos a entender que en esta vida no sólo lo útil es importante?
Convendría recordar a quienes desprecian el carácter inconcreto y abstracto de las cavilaciones filosóficas que el estudio de la historia de la Filosofía puede ayudarnos a aceptar nuestra insignificancia. Así como el universo no es sólo nuestro minúsculo planeta, nuestras preocupaciones habituales tampoco tienen mucho de original: hemos llegado a este mundo con el partido ya empezado y nos conviene conocer las reglas de juego antes de salir al campo o de pretender cambiarlas. Por mucho ombligo que tengamos, somos fruto de una secuencia evolutiva y generacional en la que las ideas y obras de artistas, científicos y pensadores han determinado el modo en que planteamos nuestras coordenadas vitales, incluso aunque lo ignoremos.
Tomemos, por ejemplo, la teoría del punto medio aristotélico, sea en la versión popular del refranero, allá donde está la virtud, en su vertiente budista de El camino del medio o en su literalidad filosófica por la que el Estagirita nos recomienda prudencia en las decisiones o alaba las ventajas de no ser ni rico ni pobre. Así, en frío, sus palabras pueden ser redundantes o aburridas para un sufrido estudiante de Bachillerato y, sin embargo, yo las encuentro de palpitante actualidad a la hora de reconducir nuestra natural tendencia al extremismo.
Pienso en Aristóteles constantemente, sobre todo cuando observo qué difícil es el equilibrio entre el dar y el recibir, cómo el mundo se escinde entre gorrones y desprendidos, entre quienes avasallan con sus dádivas y los que nunca reciben lo bastante. O somos muy machos o demasiado sensibles, o acelerados o huevazos, chismosos o indiferentes, charlatanes o silentes, enfadadizos o apocados, empalagosos o impasibles... en fin, que lo del punto medio está fatal, dificilísimo de encontrar por mucho que haya llovido desde la Grecia clásica.
La pasión fría, que decía no recuerdo quién. Esa capacidad para atender las emociones sin dejarse dominar por ellas expresaría el ideal de sabiduría que nos propone Aristóteles. Y ha sido a cuenta de un artículo titulado La escuela saca suspenso en emociones (El País, 5-9-08) cuando he vuelto a acordarme del Filósofo. No discutiré su tesis principal porque la comparto plenamente: los avances en psicología y neurociencias no dejan lugar a dudas sobre el papel de la inteligencia emocional en los procesos de aprendizaje, con las consecuencias que ello implica a la hora de motivar al alumno, afrontar los conflictos escolares y replantearse las estrategias docentes. Me he acordado de Aristóteles al leer el párrafo en donde, para concretar las excelencias de la educación emocional, se aludía a «los profesores que piden más disciplina y más mano dura porque aún no se han dado cuenta de que esa vía está equivocada».
Yo no lo tengo tan claro. No entiendo por qué se contrapone la vía emocional a la disciplina cuando, en mi opinión, lo adecuado sería una disciplina emocional, hecha de consensos, negociaciones y compromisos que han de aplicarse con firmeza y rigor, si se prefiere evitar la expresión mano dura. El atender las necesidades emocionales del alumnado no tiene por qué hacerse a costa de la disciplina. Habrá que explicar, comprender, medir, pautar y asimilar la necesidad de la disciplina escolar, de esos hábitos y automatismos que forjan el carácter, pero creer que los problemas del sistema educativo pueden solucionarse sólo a base de comprensión, diálogo y buen rollito, además de falso, es un planteamiento que puede empeorar las cosas todavía más. Ay, Aristóteles, ¡qué consejos tan sencillos y difíciles de asimilar nos legaste!
Tomemos ahora a Platón, sí, el de la caverna, aquella primera versión del cinematógrafo en donde unos prisioneros vivían tan convencidos de que las imágenes y sonidos proyectados en el interior de su cueva componían la realidad toda, que se enfadaban contra quien pretendiera insinuarles que la vida auténtica trascurría al otro lado de la pantalla. Si el alma de Platón trasmigrara hasta nuestros días y entrara en nuestros institutos creyendo que entraba en su Academia, ¿acaso no se quedaría perplejo cuando los alumnos desdeñaran la ortografía porque Microsoft Word ya corrige sus fallos o cuando confundieran investigar alguna cuestión con oprimir la tecla de imprimir después de haber escrito en Google el nombre del asunto en cuestión?
Para no olvidar lo ya dicho sobre el punto medio, no seré yo quien desdeñe las excelencias de la informática ni cuestione su valioso potencial educativo. Ahora bien, vivimos tiempos de tanta fascinación por los soportes tecnológicos que, a veces, parecemos olvidar que no hay manejo de ordenador más potente que el de nuestra propia cabeza. Instrumentalmente, puede ser más eficaz el aparato, pero si eso nos lleva a no distinguir entre lo virtual y lo real, si fomentamos que niños y jóvenes prefieran habitar en el interior de las pantallas y despreciamos los modos tradicionales de la crianza, apaga y vámonos. Luego no nos asustemos cuando nos crezcan los marcianos.
Es el caso, en mi opinión, de otro artículo educativo, El ratón con pañales (El País, 4-9-08), en donde se defienden las ventajas de iniciar en la informática a los niños a partir de los 18 meses. Nuevamente, los argumentos tienen gran matiz emocional: «les encanta», «piden un ratito más», «están extasiados delante de la pantalla», «mantienen la motivación», etcétera, como si las cosas fueran convenientes sólo por ser placenteras. Se argumenta, además, cómo los niños más torpes pueden realizar en ellos tareas que les suben la autoestima y se defienden unas virtualidades educativas que no soy quien para impugnar pero que me recuerdan a quienes, por decir que han utilizado juegos educativos, ya dan por buenas todas las horas que pasan sus hijos frente al ordenador.
Yo tenía por evidente que todos los seres humanos nos sentimos atraídos por el despliegue lumínico y dinámico de una u otra pantalla. Es más, cuando oí a un abuelo decir que su nieto de un año era muy listo porque se quedaba clavado delante del vídeo, sinceramente, me quedé atónito. Ahora, leo algo semejante en boca de profesionales de la educación infantil y, vean ustedes qué deformación produce la Filosofía, sólo se me ocurre pensar en el mito platónico y en un futuro próximo en el que los niños preferirán quedarse en la caverna informática convencidos de que no hay vida fuera de sus aparatos porque la realidad no brilla tanto como los colorines de sus pantallas. «¡Qué extraños prisioneros -dijo Glaucón. -Iguales que nosotros, respondí». (La República, libro VII, Platón).
LV
* VICENTE CARRIÓN ARREGUI es PROFESOR DE FILOSOFÍA DE ENSEÑANZA SECUNDARIA en un centro de Secundaria de Miranda de Ebro*. Antes lo fue en el Instituto Francisco de
Vitoria (VITORIA-GASTEIZ).
Fue galardonado en el 2006
con el Premio Nacional de Periodismo "Emilio Romero" que se otorga en
la localidad abulense de Arévalo por el artículo "¿Respetar la
ignorancia? Platón y el bebeuve" publicado el 5 de junio del pasado año
en el Diario Vasco. El ganador de esta edición trabajo como profesor de
Diversificación Curricular .
___
* Los municipios burgaleses cercanos al País Vasco son otra de las salidas para los docentes que se van de la comunidad
[autónoma vasca]. Es el camino que tomó Vicente Carrión, profesor de
Filosofía. Encaja en el grupo de los que apostaron en un principio por
quedarse en su plaza e intentar aprobar el euskera. Estaba muy contento
con su trabajo en un instituto de Secundaria de la capital alavesa, el
Francisco de Vitoria. Aprobó la prueba oral de euskera, pero no superó
el examen escrito. Era funcionario de carrera, tenía su plaza asegurada
y se quedó a la espera de lo que le ofreciera Educación. No fue nada
bueno. Su instituto mantuvo el modelo A, de enseñanza en castellano, y
acabó por acoger lo que en el sistema educativo se denomina la
'diversidad': alumnos con necesidades especiales, los estudiantes con
fracaso escolar y la inmigración. Su plaza de Filosofía en castellano
desapareció. Durante un tiempo impartió clases de 'Habilidades
sociales' en un módulo de FP. Después le tocó dar música y gimnasia a
alumnos de 'diversificación curricular', los chavales con dificultades
de aprendizaje. «Creí que podría adaptarme, pero no fue así. No era lo
mío», comenta este docente guipuzcoano.
«Recuperé a Platón»
Carrión
vio el futuro negro y en 2006 se presentó a un concurso de traslados
para funcionarios. Cogió su último tren. Consiguió plaza en un centro
de Secundaria de Miranda de Ebro. Con 50 años ha vuelto a dar Filosofía
en Bachillerato. «He recuperado a mis 'platones' y 'aristóteles' y
estoy encantado. Me ha supuesto una liberación», reconoce orgulloso.
Recuerda que a su alrededor ha visto «un gran drama personal» durante
los últimos años que estuvo en Vitoria. «A muchos les costó sangre,
sudor y lágrimas el euskera. Gente mayor que se veía obligada a robar
horas de estar con su familia para ir a clase y hacer los deberes del
euskaltegi», relata.
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